La pandemia irrumpió en España y Madrid de pronto se convirtió en uno de los epicentros europeos. El estado de alarma nacional del 14 de marzo de 2020 obligó a los madrileños a quedarse en casa. Solo desde junio, y gradualmente, se empezó a reconquistar las calles con horarios restringidos y en un radio limitado. El Consejo de Ministros aprobó el 4 de julio de 2023 el Real Decreto que puso fin a la crisis sanitaria por Covid-19 en España. El 30 de junio de 2023, la Comunidad de Madrid confirmaba el dato de personas contagiadas por coronavirus desde el principio, 2.016.900, un tercio de la población madrileña que era en esa fecha de 6.848.354 habitantes y elevaba a 21.361 las personas fallecidas, hasta 140 diarias en el peor de los momentos (1).
Madrid, la tercera región más poblada del país, con la mayor concentración de ciudadanos y con la mayor movilidad de la Península, fue el territorio más golpeado por la Covid en España. Especialmente en la primera ola, donde el virus hizo estragos con una gran presión hospitalaria y unas UCIs al límite. Y tampoco se libró de la segunda y de la tercera ola. Una presión que no se consiguió aligerar a pesar de la construcción contra reloj del nuevo hospital de IFEMA dotado de 1.300 camas atendidas por 3.000 profesionales que estuvo en funcionamiento entre el 22 de marzo y el 23 de abril de 2020.
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| Nuestras Plazas |
Madrid se quedó vacía. El silencio se adueñó de un día para otro de sus calles. Casi sin coches y los raros transeúntes que se aventuraban a salir de sus casas iban bien protegidos con mascarillas y sólo para ir a comprar comida o medicinas.
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| Nuestras Avenidas |
La ciudad cesó su actividad. Se cerraron los colegios y las universidades, museos, cines y teatros; las autoridades sanitarias y gubernamentales pedían que se cancelaran los viajes. Los mercadillos dejaron de funcionar, la Liga de Fútbol se suspendió y hasta las iglesias emitían las misas televisadas. Las empresas se movilizaron para gestionar el teletrabajo con todos aquellos empleados para los que les fuera posible realizar su tarea desde casa.
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| Nuestras Calles |
Asomarse a la ventana o al balcón a ver la calle era un lujo que no todos se podían permitir. Pero lo que se veía aún dolía más. Una ciudad paralizada que ofrecía estampas insólitas que jamás pensamos que podríamos ver. Nuestro Madrid bullicioso, alegre y ruidoso ofrecía una imagen congelada, silenciosa, extraña. Calles, plazas y avenidas habitualmente abarrotadas ofrecían un espectáculo al que no llegaríamos a acostumbrarnos, el de un desierto de hormigón, el paisaje distópico de una desgracia colosal.
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| Nuestras Personas |
Y tal vez lo peor fue la regla de mantener la distancia en aquellos lugares donde se coincidía con otras personas. Los abrazos estaban proscritos y, por supuesto, los besos. La distancia de seguridad obligaba a mirar con recelo al otro. Los ancianos que estaban en aquellos momentos en residencias sintieron de una forma cruel la soledad y la falta de contacto con sus seres queridos.
Las
restricciones cambiaron las rutinas, los horarios. La limitación de movilidad
nos obligó a dejar volar la imaginación. Raro era el día en que no recibíamos
varios mensajes llenos de humor para reírnos del confinamiento y, al menos por
unos minutos, dejar de llorar ante las noticias que día tras día nos daban las
frías cifras de fallecidos y contagiados. El aburrimiento y la falta de
actividad sólo se rompían cada día a las 8 de la tarde y, como accionado por un
mecanismo visceral, el cielo negro se llenaba de gritos, aplausos, bocinazos,
sirenas de policía y hasta cohetes que, a falta de fiestas, se lanzaban desde
alguna azotea. Todo para dar las gracias al sector sanitario que, con
abnegación y entrega, estaban en primera línea de un combate singular, un
homenaje que, con la música de fondo de la ochentera canción del Dúo Dinámico
“Resistiré”, se convirtió en un himno colectivo de fortaleza y superación, el
único sonido de la ciudad.
Fueron
100 días y se hicieron muy largos. Mejoramos nuestras dotes de cocineros y
aprendimos repostería. Jugamos a todo lo imaginable con los niños e incluso convertimos
en gimnasio el salón de casa. Nos vimos todas las pelis de las plataformas y
ordenamos los armarios. Hablamos con los amigos que estaban lejos y que ahora
estaban más cerca que nunca. Nos necesitábamos.
Nunca
antes habíamos apreciado tanto el paseo por el parque, el indolente callejeo
sin rumbo fijo, la tarde de compras y hasta la rápida caminata bajo el paraguas
para guarecernos en cualquier bar y calentarnos con un café humeante. Madrid dolía.
Ofrecía un dibujo distorsionado, un aspecto triste, el de una ciudad enferma,
llena de miedo y soledad. Una etapa que se superó pero que ha dejado
cicatrices, hablamos de un antes y un después y sólo recordando aquellos días
podemos volver a apreciar lo que vale nuestra libertad.
(1)
Fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e
Igualdad, www.epdata.es



