miércoles, 10 de abril de 2024

Las golondrinas de piedra, por Paco Gómez.





 

En la urbe de Madrid, donde el cielo se tiñe de historias, donde Bécquer soñó con golondrinas de memorias, surge un boticario, de nombre Roberto Moreno, que al poeta romántico desafía con su empeño.

I. El reto del boticario

Don Roberto Moreno, boticario de afán,

al poeta Bécquer quiso desafiar.

"Volverán las golondrinas", versos inmortales,

mas él las soñaba pétreas, sin alas ni vocales.

Construyamos, dijo, un hogar de piedra y cal,

donde las aves de Bécquer puedan ya morar.

Que sean de mármol, blancas, sin canto ni revuelo,

y en los aleros aniden, quietas, bajo el cielo.

II. La obra de Carrasco

Jesús Carrasco, arquitecto de ingenio,

plasmó en piedra el sueño del boticario con brío.

Un edificio imponente, de estilo señorial,

con nidos ocupados, sin canto ni aleteo final.

El arquitecto de renombre,

aceptó el reto, con visión y con asombro.

Un edificio erigió, de la época el reflejo,

para el negocio y hogar, cumpliendo el encargo viejo.

III. Las golondrinas silentes

Desde el uno de mayo, año mil novecientos catorce,

las golondrinas de piedra observan, sin contorsiones.

Un balcón inmutable, sin píos ni aleteos,

un desafío al poeta, un canto a los deseos.

Desde entonces, en Madrid, se alzan con gracia y sin son,

las golondrinas pétreas, obra de imaginación.

Desde aquel mayo del catorce, en el zoolítico lugar,

las aves de piedra observan, sin poder volar.

IV. Un legado perdurable

En la esquina madrileña, la historia se refleja,

un boticario soñador, un arquitecto que se flecha.

Las golondrinas pétreas, testigos de la rima,

un poema en piedra, que el tiempo no lastima.

Bécquer en su tumba yace, mas su poesía perdura,

enfrentada a la ironía de la estatua más pura.


lunes, 18 de marzo de 2024

El Madrid de la Pandemia: Mayte González-Gil

 La pandemia irrumpió en España y Madrid de pronto se convirtió en uno de los epicentros europeos. El estado de alarma nacional del 14 de marzo de 2020 obligó a los madrileños a quedarse en casa. Solo desde junio, y gradualmente, se empezó a reconquistar las calles con horarios restringidos y en un radio limitado. El Consejo de Ministros aprobó el 4 de julio de 2023 el Real Decreto que puso fin a la crisis sanitaria por Covid-19 en España. El 30 de junio de 2023, la Comunidad de Madrid confirmaba el dato de personas contagiadas por coronavirus desde el principio, 2.016.900, un tercio de la población madrileña que era en esa fecha de 6.848.354 habitantes y elevaba a 21.361 las personas fallecidas, hasta 140 diarias en el peor de los momentos (1).

Madrid, la tercera región más poblada del país, con la mayor concentración de ciudadanos y con la mayor movilidad de la Península, fue el territorio más golpeado por la Covid en España. Especialmente en la primera ola, donde el virus hizo estragos con una gran presión hospitalaria y unas UCIs al límite. Y tampoco se libró de la segunda y de la tercera ola. Una presión que no se consiguió aligerar a pesar de la construcción contra reloj del nuevo hospital de IFEMA dotado de 1.300 camas atendidas por 3.000 profesionales que estuvo en funcionamiento entre el 22 de marzo y el 23 de abril de 2020.

Nuestras Plazas

Madrid se quedó vacía. El silencio se adueñó de un día para otro de sus calles. Casi sin
coches y los raros transeúntes que se aventuraban a salir de sus casas iban bien protegidos con mascarillas y sólo para ir a comprar comida o medicinas. 
Nuestras Avenidas

La ciudad cesó su actividad. Se cerraron los colegios y las universidades, museos, cines y teatros; las autoridades sanitarias y gubernamentales pedían que se cancelaran los viajes. Los mercadillos dejaron de funcionar, la Liga de Fútbol se suspendió y hasta las iglesias emitían las misas televisadas. Las empresas se movilizaron para gestionar el teletrabajo con todos aquellos empleados para los que les fuera posible realizar su tarea desde casa. 
Nuestras Calles

Asomarse a la ventana o al balcón a ver la calle era un lujo que no todos se podían permitir. Pero lo que se veía aún dolía más. Una ciudad paralizada que ofrecía estampas insólitas que jamás pensamos que podríamos ver. Nuestro Madrid bullicioso, alegre y ruidoso ofrecía una imagen congelada, silenciosa, extraña. Calles, plazas y avenidas habitualmente abarrotadas ofrecían un espectáculo al que no llegaríamos a acostumbrarnos, el de un desierto de hormigón, el paisaje distópico de una desgracia colosal.
Nuestras Personas

Y tal vez lo peor fue la regla de mantener la distancia en aquellos lugares donde se coincidía con otras personas. Los abrazos estaban proscritos y, por supuesto, los besos. La distancia de seguridad obligaba a mirar con recelo al otro. Los ancianos que estaban en aquellos momentos en residencias sintieron de una forma cruel la soledad y la falta de contacto con sus seres queridos.

Las restricciones cambiaron las rutinas, los horarios. La limitación de movilidad nos obligó a dejar volar la imaginación. Raro era el día en que no recibíamos varios mensajes llenos de humor para reírnos del confinamiento y, al menos por unos minutos, dejar de llorar ante las noticias que día tras día nos daban las frías cifras de fallecidos y contagiados. El aburrimiento y la falta de actividad sólo se rompían cada día a las 8 de la tarde y, como accionado por un mecanismo visceral, el cielo negro se llenaba de gritos, aplausos, bocinazos, sirenas de policía y hasta cohetes que, a falta de fiestas, se lanzaban desde alguna azotea. Todo para dar las gracias al sector sanitario que, con abnegación y entrega, estaban en primera línea de un combate singular, un homenaje que, con la música de fondo de la ochentera canción del Dúo Dinámico “Resistiré”, se convirtió en un himno colectivo de fortaleza y superación, el único sonido de la ciudad.

Fueron 100 días y se hicieron muy largos. Mejoramos nuestras dotes de cocineros y aprendimos repostería. Jugamos a todo lo imaginable con los niños e incluso convertimos en gimnasio el salón de casa. Nos vimos todas las pelis de las plataformas y ordenamos los armarios. Hablamos con los amigos que estaban lejos y que ahora estaban más cerca que nunca. Nos necesitábamos.

Nunca antes habíamos apreciado tanto el paseo por el parque, el indolente callejeo sin rumbo fijo, la tarde de compras y hasta la rápida caminata bajo el paraguas para guarecernos en cualquier bar y calentarnos con un café humeante. Madrid dolía. Ofrecía un dibujo distorsionado, un aspecto triste, el de una ciudad enferma, llena de miedo y soledad. Una etapa que se superó pero que ha dejado cicatrices, hablamos de un antes y un después y sólo recordando aquellos días podemos volver a apreciar lo que vale nuestra libertad.

(1)    Fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, www.epdata.es


sábado, 9 de marzo de 2024

Tarde de otoño en Platerías: Rafael Martín

 Como me viene sucediendo en cada nueva Categoría que abro en Nuestro Madrid, no me resulta nada sencillo elegir mi favorito, seguramente porque Madrid “da pa mucho”.

En el caso de mi canción favorita la competencia es agradable, entrañable, pero brutal. Desde los innumerables números de nuestras zarzuelas más representativas (La Verbena, La Revoltosa, Agua, azucarillos, La Gran Vía, etc.), el universal chotis mejicano de Lara, el Cocidito Madrileño de Quintero y León, esa chulesca sigla de Pedro Llabrés:

Maravilla

Andóbal

Da (el alma, a todos)

Risueño

Inmortal

Dignidad (que sobra)

la madrileña bonita, si vas a la verbena, de España vengo, etc., y todas aquellas que sin duda se le ocurrirán al resto de contertulios, ofrecen una amplia panoplia imbele de posibilidades. Para gustos....

Pues bien, hasta a mí me ha sorprendido que la canción que me ha venido a la cabeza para que ocupe el puesto de favorita sea: Tarde de otoño en Platerías, que seguramente sólo recordarán algunos de los tertulianos más veteranos.

Esta canción, de Alejo León Montoro, con la colaboración de Solano y Aguilar, era de las que yo oía con frecuencia durante mi niñez en las peticiones del oyente de Radio Madrid, en competencia madrileña con el Romance de la Chata, de Rafael Duyos, que tan magistralmente declamaba Alejandro Ulloa y que ha estado a punto de ser mi favorito, aunque no fuera una canción propiamente dicha.


El Café de Platerías ocupa un lugar significativo en la historia del Madrid de la segunda mitad del XIX, por sus tertulias, sus conciertos y sus conciliábulos revolucionarios. Estaba situado en la calle Mayor, a la altura de la Puerta de Guadalajara, es decir entre Herradores y San Miguel. Recuerdo bien que esa zona, para mi madre, era “Platerías”.

El café cerró en 1946, fecha que debió coincidir con la creación de la habanera que estoy evocando.

Existe una digna versión “moderna” hecha por Mocedades, pero como es lógico la que incluyo aquí es la que oía en mi mocedad, cantada por García Guirao, nombre artístico de Juan García Pérez, cantante murciano de zarzuela y canción moderna, que desarrolló parte de su carrera en Argentina.

La letra de la canción es la siguiente: 

La tarde clara, de otoño madrileño

que, en Platerías, tomaba yo café,

con tu vestido gris, entrar en el salón, te vi

y al verte tan bonita, me puse junto a ti.

 La tarde moría en los espejos,

soñaba el amor en los divanes

y todo yo temblé, en el momento aquel, mi bien,

que todo ruboroso, mi amor te declaré.

 Tarde de otoño llena de sol de Madrid,

café de mis sueños donde mi amor encontré.

¡Ay, 1800, qué lejos ya estás de mí!,

todo pasó como una luz que yo apagué,

tarde de otoño llena de sol de Madrid.

 Alfonso XII volvía de los toros,

Julián Gayarre cantaba en el Real

y yo, en aquel café, gustoso te cité, mi bien

y sueños de ilusiones, inquieto te esperé.

 Las luces de gas iban creciendo, la noche llegaba lentamente

y al no verte venir, creyéndome de amor, morir,

me fui de Platerías, pensando solo en ti.

 ¿Y qué tiene esta canción para que la elija como mi favorita? Pues no lo sé a ciencia cierta. 

Es evidente que yo no fui al Café de  Platerías; que no alternaba en  los toros con Alfonso XII; que no oía a Gayarre en el  Real…, puede ser que desde mi más tierna infancia yo haya sido  un cursi melancólico al que le gustaran las habaneras y los amores imposibles… pero no, lo que  me ha atraído siempre de esta canción es el protagonismo del otoño madrileño que es, sin duda, mi estación favorita: eso de la tarde moría en los espejos, lo de las luces de gas iban creciendo o lo de que la noche llegaba lentamente, siempre me ha llegado a las entrañas otoñales, como las castañas o las largas tardes jugando al futbol hasta la hora de cenar

¡Qué le voy a hacer!

 

 

 




 

jueves, 29 de febrero de 2024

Fulano y Mengano: Rafael Martín

En su día, la Tertulia dedicó una de sus reuniones para hablar de Madrid en el cine. Salieron a la luz decenas de películas en las que Madrid era algo más que el decorado de fondo y cada tertuliano expresó sus preferencias y recuerdos.

Supongo que yo destaqué, como voy a hacer ahora, la que considero mi película favorita sobre Madrid, que no es otra que Fulano y Mengano, en dura y limpia lucha con tantas otras en la que Madrid luce de forma especial.

Mi favoritismo por esta peli ya quedó de manifiesto al dedicarle una entrada en el blog La muralla reciclada, entrada que tuvo una muy buena acogida, como lo prueban los jugosos Comentarios recibidos.

La película está oficialmente fechada en 1959, pero está grabada en 1956-57, como lo atestigua uno de los ”comentaristas”, que apareció de chaval en una escena grabada delante de Palacio, así como que la zona no estaba aún afectada por la apertura de lo que hoy es la Gran Vía de San Francisco, cuyo inicio, con la voladura del primer inmueble, es de 1958.

El Director, Joaquín Luis Romero Marchent, fue uno de los creadores del spanish western, y quizás alcanzó su mayor popularidad al dirigir diversos capítulos de Curro Jiménez.

El guion de Fulano y Mengano lo compartió con Jesús Franco y con José Suárez Carreño, un mexicano con una biografía bien curiosa; hombre claramente integrado en la izquierda, pero con significativas relaciones con distintos personajes del Régimen, lo que le permitió trabajar durante aquellos años en España, y participar en la "denuncia" de la situación social del País.

La película muestra un Madrid marginal, con personajes que sobreviven casi milagrosamente a la carencia de lo más elemental, empezando por la comida, pero compartiendo las penurias y apoyándose unos a otros con la solidaridad propia de los desamparados.

Los actores protagonistas son un inmejorable Pepe Isbert y unos eficaces Juanjo Menéndez y Julita Martínez. Curiosamente, gracias a la película he recordado uno de los usos y costumbres desaparecidos de la calle madrileña cual era la venta ambulante de corbatas, que seguramente se apoyaba en aquello de que: al hombre de corbata, según se le ve, se le trata.

Pero lo que aquí importa es que, junto a los actores, la película tiene otro gran protagonista: MADRID. Aunque sin mucho orden, ni concierto, Madrid se integra en la trama y aparece aquí y allá según los intereses y caprichos del Director. Entre otras apariciones, los protagonistas salen de una supuesta cárcel, en la plaza de las Comendadoras y deambulan por la calle de la Palma y Amaniel; a Pepe Isbert le dan limosna ante las verjas de la Plaza de la Armería; pasean por el Viaducto; y al final todos los protagonistas se persiguen en un absurdo recorrido en el que aparecen, entre otros: La calle Segovia, bajo el Viaducto; la calle del Rollo; el Puente de Segovia; la Estación de las Pulgas; la Fábrica del Gas; la zona inferior de la Costanilla de San Andrés…; terminando en una falsa Comisaría (que recuerdo haber visto con cierto asombro) situada en un inmueble, ya desaparecido, de la Carrera de San Francisco, que continuaba la fachada del Palacio del Infantado, futuro Museo de la Mahou.

Pero, además, la película tiene un especial interés para mí por la aparición del pedernal en varios muros y paredes en la zona de San Francisco que ahora llaman Parque de la Cornisa y en concreto en la calle del Rosario.


En efecto, Isbert y Menéndez, tras salir de la cárcel condenados por delitos que no habían cometido, se refugian en una casa con aire de palacete en ruinas, que la acción sitúa al final de la calle del Rosario, en los altos de la Cuesta de las Descargas. Ese “palacete” que yo no llegué a visitar, si lo hizo un amigo con no poco temor por su estado, tenía en sus paredes (a espaldas de los protagonistas) pedernal, como también lo tiene la tapia por cuyos boquetes entran y salen de lo que antaño fue Convento y Cuartel.

Esa tapia que se puede observar muy bien en la foto (superior izquierda), al final de la calle del Rosario, creí en su momento que podrá formar parte de la Cerca de Felipe IV, pero no debe ser así. Sí que aún existe el trozo de Cerca que limita por el oeste los terrenos del Seminario, como antes limitó la finca del Duque de Osuna (foto inferior izquierda). Por debajo de ese trozo de Cerca se iniciaba lo que se conocía como la Cuesta de la Mona.  

PALACIO DE LAS VISTILLAS 1855

Es de suponer que esa tapia que juega un papel importante en Fulano y Mengano era la que cerraba por el este la finca del Duque del Infantado, que pasó a ser del Duque de Osuna y que circundaba lo que se conocía como el Palacio de las Vistillas.



 

 

 



domingo, 25 de febrero de 2024

La dama inclinada o El hechizo de un estanque: Adriana Sánchez

Llegó a la pequeña plaza con el sopor de la tarde. Había atravesado el túnel de moras y membrillos, protegida en la penumbra de aquella gruta verde del intenso ardor del verano. A pesar de ello estaba sofocada, con las mejillas de fuego sobre su piel tan blanca. No sabe donde se encuentra, apenas conoce este jardín magnífico, que envuelve el palacio del Buen Retiro.

Había estado allí en otras ocasiones, acompañando a la pequeña, pero solo en el interior de palacio, fue en aquel festejo en la Plaza Grande, donde los jóvenes hicieron el Juego de Sortijas, y contendieron con el Estafermo, pero ella se había retirado pronto porque la niña se aburría. También había asistido a alguna mascarada e incluso a una comedia en el Coliseo. Aquella tarde tan sofocante le pesaba el aire denso y solemne del palacio, al igual que le sucedía cada día entre las severas paredes del Alcázar.

Huyendo de esa congoja, la muchacha se había escabullido, burlando la inquisidora vigilancia de doña Marcela, que cabeceaba somnolienta, mientras la pequeña e Isabel dormían a su lado. Recorriendo largos pasillos había llegado al exterior.

Autora: Adriana Sánchez

Un halo verde le saludó en la cara. Estaba en el Jardín de la Reina, en su centro la estatua de un brioso corcel se elevaba sobre sus patas traseras como dispuesto a volar.

Volar, eso habría querido ella, volar y perderse por aquel espacio frondoso y libre, correr, pese al complicado juego de enaguas que se enredaban entre sus piernas, pese a la incomodidad del guardainfante. Sabía que no podría demorarse demasiado, cuando la pequeña despertara debían regresar con rapidez al Alcázar, el aposentador mayor les esperaba.

Es un jardín grandioso, robles, álamos, almendros..., no sabe bien qué dirección tomar, pero ella quisiera conocer aquellas maravillas de las que le habían hablado, alcanzar ese Estanque Grande que decían pequeño mar, y ver esos espectáculos donde se simulaban heroicas batallas navales, o navegar en la hermosa góndola de los reyes, toda tallada en oro y plata, y contemplar desde allí, aquellos fuegos y artificios que pintaban de mil colores los cielos de Madrid en las noches de verano..., quizá tomaría en el embarcadero una pequeña falúa que la llevaría por todo el bosque, recorriendo aquel canal de Mallo que brotaba del propio Estanque. Mientras, los ministriles entonarían armónicas baladas. Entonces llegarían hasta la ermita, la ermita de San Antonio de los Portugueses. Se decía, la más hermosa de todas las que poblaban aquel bosque. La reconocería por su chapitel de pizarra, las columnas de mármol blanco y negro de su portada y por  la imagen del Santo. Pero ante todo, por aquel estanque ochavado, que como una enorme flor lo envolvía entre sus pétalos. Había oído contar cómo en aquel lugar se organizaban alegres fiestas de música y danza, donde abundaban los vinos, alojas, refrescos y tantos deliciosos confites y viandas. Y desde lo alto, podía observarles aquella otra ermita, de tanta devoción, del Santo milagroso para las afecciones  de garganta.

Sí, habría querido llegar hasta allí, y a mil sitios más, de los que había escuchado tales prodigios: la ermita de San Pablo, la Pajarera de don Guzmán y sus aves fabulosas...

Sin embargo, tras elegir aquel pasadizo entre los ocho que se ofrecían ante ella, había llegado allí, tan sonrojado el rostro, hasta ese rincón desconocido donde la recibía una discreta plaza con un pequeño estanque también ochavado. No tenía mayor encanto el lugar que una isla artificial y un sencillo templete en el centro del agua. Aquello era muy distinto al asombro y grandeza que ella había imaginado. Sin embargo algo escondía aquel refugio solitario que lo envolvía de magia, quizá fuese el esplendor del bosque, la fascinación del silencio, o aquellas fragancias verdes que lo revestían todo de misterio.

Fue entonces cuando su imaginación crea un sortilegio, y a sus ojos, pequeñas campanillas de plata se prenden del breve tejado, de las hojas verdes, de las ramas de los árboles, que a la luz del sol reverberan  en el agua con luces doradas y cálidas.

Son aquellas voces quienes rompen el hechizo. La están buscando, la infanta ha despertado, urge el regreso al Alcázar, don Diego les espera...

Autor: Diego Velázquez

Ella se apresura, y con su gesto impetuoso levanta un leve soplo de aire que agita las hojas de los árboles, como si fueran  las campanillas de plata de su sueño, y que aún destellan en las luces del estanque.

Pero ella corre, corre sin mirar atrás, regresa agitada, con las enaguas revueltas, con su piel blanca y el fuego en el rostro. Conoce la impaciencia del pintor que les aguarda en el  Alcázar. Sabe que no puede faltar a esa cita, que debe estar presente y posar de nuevo para él en ese hermoso cuadro. Porque ella, la joven y soñadora Agustina, es en aquel lienzo inmortal, la dama inclinada.

 

martes, 13 de febrero de 2024

147-126 a.C.: Rafael Martín

 

Hace unos días Adriana me hizo llegar su magnífica recreación de una parcela del Teixeira. Me puso los dientes largos “visualizando” toda la Topographia en “versión Adriana”. Al parecer tiene más ejemplos…, pero abandonó tan noble y encomiable empeño, cuando experimentó los primeros síntomas de enajenación mental al dibujar la enésima casita. Lo entiendo, pero lo lamento; me relamo ideando lo que podría ser, al menos, la recreación del circuito completo de la muralla cristiana.

En su mensaje, Adriana, ofrecía su dibujo por si pudiera ser útil para ilustrar alguna Entrada de Nuestro Madrid. Pedí voluntarios y ante el ominoso silencio no he tenido más remedio que “echarme a ruedo”, porque no puedo quedarme con esa joyita en los archivos “archivados”.

El Título puede resultar engañoso ya que, en general, lo de “a.C.” quiere significar “antes de Cristo” lo que nos situaría en los tiempos de Viriato o del sacrificio de Numancia, con escasa relación directa con los carpetanos de la época, que estaban incorporándose a la Hispania romana sin mayores problemas.

Pero no, en este caso, lo de “a.C.” quiere decir: “antes de Cibeles” o más exactamente, “antes de la Fuente de la Cibeles” y todo ello porque en los planos de Mancelli y de Teixeira no puede aparecer la Fuente, ya que tardó 147 y 126 años, respectivamente en instalarse.

Lo que sí aparece en esos planos es la primitiva Puerta de Alcalá.

Ahora, por arte de birlibirloque, y porque me place, dedico esta entrada a la “premonizada” y augurada Fuente de la Cibeles, inaugurando de paso una nueva etiqueta, la de mi fuente favorita.

Desde mi niñez La Cibeles viene ocupando un lugar más que significativo: ¡era y es, Madrid! Estaba y está ahí, viendo pasar el tiempo, como la Puerta de más arriba, dando identidad y seguridad a los madrileños, a los “importados” y a los visitantes, pero con el paso de los años ha ido incorporando nuevos significados y ocupando nuevos espacios en nuestra sociedad.

Por ejemplo, y en lo más personal, mi personal computer  está adornado con la icónica imagen de la Fuente; es la primera y la última imagen que veo siempre que me empeño en la lucha informática: leer, informarme, escribir, bloguear, jugar, ver deporte, etc.

Pero hay otras dos dimensiones de Cibeles a las que debo referirme esta ocasión: una, es la mitológica y la otra, la futbolera.

De la mitológica me había preocupado poco hasta ahora, pero he leído con atención Mitología, Símbolos y Alegorías en las calles de Madrid de maese Osorio y he empezado a ocuparme. No sé si me gusta mucho lo que he leído; las diversas versiones de la vida y milagros de nuestra diosa protectora no tienen por dónde cogerlas, ya que siendo la diosa de la fertilidad está rodeada de vírgenes y castratis, cuando no es ella misma la que va cortando genitales con una hoz. En una de las versiones, Cibeles era en origen el hermafrodita Agdistis, que tras la correspondiente castración pasó a ser nuestra diosa protectora; de ser conocida esta historia por determinados colectivos es más que posible que el mismísimo Florentino se replanteara determinadas celebraciones.

Y esto me lleva a la dimensión futbolera. Carlos, con habilidad, trata de diluir la identificación de Cibeles con el Real Madrid asegurando que fue el Atlético de Madrid el que inició las celebraciones en la Fuente con ocasión de una Recopa y que años más tarde, harto de las celebraciones del Real, decidió que, si tuviera que celebrar algo, lo haría en la fuente del hijo. Lo que se le olvida a Carlos es que antes que la romana Cibeles, la diosa era la griega ¡Rea…l Madrid! Estaba, pues, predestinada.

Y desde entonces, el Madrid, a Cibeles y el Atleti, a Neptuno, en donde ya ha celebrado algo que nunca celebrará el Madrid ¡el campeonato de Segunda! (¡Qué envidia!)

 


viernes, 9 de febrero de 2024

Las Piperas: Rafael Martín

Otra de las categorías que tengo propuestas es la de nuestros personajes populares favoritos y para dar ejemplo (ignoro si bueno, malo o regular) voy con los míos.

Como suele ocurrir tengo varias opciones como son los casos de: Eladio, nuestro “periodiquero” que tenía su quiosco al final de la Carrera de San Francisco, ya en la esquina con la Plaza; el de la conocida Cari, vendedora de fresas, requesón o lo que tocara según la temporada en Tirso de Molina, aunque ella esté más en el recordatorio de Pili, que vivía en el 2 de Mesón de Paredes, o el de nuestros serenos. Pero al final he optado, no por una persona concreta, sino por un gremio: el de las piperas que, como es lógico, incluye también a los piperos, con lo que de paso me apunto a lo políticamente correcto.

Aunque en lo que sigue utilizaré el plural femenino, tengo en mi cabeza la idea de que existía un cierto reparto de funciones; creo recordar que, preferentemente, los piperos ambulantes eran hombres, mientras que las piperas sedentes eran mujeres. Seguramente había de todo, pero no hay por qué hacer de ello una cuestión.

Para un niño de mi generación las piperas eran personajes muy importantes porque nos proporcionaban todo lo que precisábamos para cubrir nuestras necesidades y a precios asequibles, eran nuestro “corte inglés” (entonces naciente) ya fuera ambulante o sedente.

Estabas jugando en las Vistillas y, a la hora que su experiencia comercial le aconsejaba, aparecía el pipero con su cesto bajo el brazo al que tenía adosada una silla de tijera. Una vez abierta, posaba sobre ella el cesto y ya quedaba instalado el establecimiento. La clientela se arremolinaba alrededor suyo desde el momento en el que aparecía, inspeccionando la oferta, preguntando precios y sopesando en qué invertir las pocas perras disponibles.

Esa oferta era variada y condicionada, en parte, por la estacionalidad. Como es evidente el artículo imprescindible, el que siempre estaba presente, el que da nombre al gremio, eran las pipas de girasol, cuya ingesta dejaba huella inequívoca cuando nos parábamos, y que servía de fondo a las pelis en el cine Castilla, el Sanfran, el Toledo y tantos otros, y que con frecuencia incluso superaba en decibelios a la pobre banda sonora de las películas de Cantinflas o Sandrini. Sólo las de tiros soportaban con gallardía la competencia con el ruido de las pipas.

Las pipas de girasol estaban muy bien acompañadas por muchas otras delicatesen, que podían agotarse porque las cantidades ofertadas eran notablemente inferiores. Creo que siempre estaban presentes artículos como los garbanzos torraos (algunos eran auténticas piedras), el regaliz, los pirulíes, los palotes de caramelo, las bolas de anís, las bolas de chicle o el pan de higo, mientras que dependía de la estación, la presencia de la algarroba, las chufas secas o húmedas, los altramuces (chochos, para los picarones), las pipas de calabaza o el paloduz, que chupábamos pacientemente hasta dejar sólo un estropajo del que presumíamos como ejemplo de la tarea bien hecha.

He nombrado las bolas de chicle que eran un sucedáneo poco conseguido; una vez que se había acabada la capa azucarada y coloreada (¿sería colorante autorizado?) quedaba una goma insulsa con la que era imposible hacer un globo. Cuando uno estaba fuerte económicamente podía hacerse con un Bazooka que te llenaba la boca de goma, mantenía durante mucho tiempo el sabor (aún lo recuerdo) y permitía hacer grandes globos que explotaban con ruido bien audible para envidia del resto. Claro que había que andar con cuidado para evitar que cuando estabas terminando de inflar el globo algún “amigo” cercano no te lo estampara en la boca de un manotazo.

Con frecuencia la cesta y los bolsillos del portador o portadora contenían otros productos de los que yo no era consumidor, como es el caso del tabaco, negro y rubio, que se vendía, no por cajetillas, sino por unidades. Lo único que recuerdo haber “fumado” (no más de dos o tres caladas) fue un cigarrillo de anís… y aún no he podido olvidarlo. Tuve bastante con “fumar” el abundante humo que exhalaba mi padre.

Dejo ya la venta ambulante de pipas y otras gollerías para referirme a la venta sedente y a mi pipera por antonomasia, aunque sea incapaz de recordar su nombre. Estaba situada en el portalón de la casa que mediaba entre los inicios de las calles del Rosario y San Bernabé, tal y como se puede ver en la foto tomada del blog Historias Matritenses. En mi niñez, esa calle se llamaba de los Santos y el Cuartel de la derecha había desaparecido; en su lugar había un descampado.

El Portalón, con su pipera dentro, estaba situado en el camino obligado que yo recorría con gusto desde mi casa en las Vistillas hasta la de mi abuela Pepa que vivía en la calle de San Bernabé (con mis tíos y primo) en una curiosa edificación que daba también a la calle del Rosario. Se trata, precisamente de la primera casa volada para abrir lo que hoy es la Gran Vía de San Francisco, momento que queda recogido en la instantánea tomada, de nuevo, de Historias Matritenses.

Lo de esta mi pipera ya era otro nivel en comparación con los puestos ambulantes (me recuerda el dúo de la Manuela y la Pepa en Agua, azucarillos y aguardiente). Además de todos los productos antes evocados, aquí en mayor variedad y cantidad, había otros muchos que necesitaban espacio y techo. Por ejemplo, son los casos de: las tiras con equipos de fútbol muy útiles para pagar en las chapas, o las de ciclistas, imprescindibles, también para las correspondientes chapas; los sobres con cromos o con fotogramas de películas; los recortables bélicos (los de muñecas eran para niñas); en Semana Santa unas tiras con la Pasión, además de carracas…, en fin, todo un tentador y atractivo mundo en el que sucumbía la menguada paga que me podía dar mi Abuela, que tras la voladura de su hogar fue realojada en García Noblejas.