martes, 30 de enero de 2024

Madrid (Espasa-Calpe): Rafael Martín

En mi sencilla, pero para mí entrañable, biblioteca los libros relativos a Madrid ocupan un considerable espacio que suelo denominar: Madriteca. En ella hay de todo, como en botica: Historia, costumbres, edificios, parques, calles, gastronomía, noticiario, anecdotario y un amplio etcétera, que incluye, por ejemplo, cementerios.

Tan variada temática es fruto de la pluma (o ahora del ordenador) de gentes tan ilustres como, por ejemplo, Tormo, Luján, Carandell, Cela, Azorín o el actual Trapiello, pero también de amigos que no tienen nada que envidiar a los anteriores, como Carlos Osorio, Álvaro Benítez, Antonio Pasies, Adriana Sánchez o Maribel Piqueras. Yo mismo, con mi pedernal reciclado, ocupo un huequecito.

A estos libros en lo que se habla explícitamente de Madrid habría que añadir otro montón de ejemplares en los que Madrid aparece de fondo, lo que le convierte en un protagonista más, sin el cual no se entendería nada de lo que se lee y sucede en ellos. Baste citar las novelas de Galdós o Baroja para entender a qué me refiero.

Espacio de la Madriteca
¿Cómo elegir un libro en ese colectivo tan variopinto y designarle como mi favorito? Curiosamente me he decantado por una obra que no es un libro sino una Colección de fascículos publicados por Espasa-Calpe entre 1978 y 1980. En concreto, la Colección consta de 100 fascículos de edición semanal que empezaron a publicarse en octubre de 1978 (a mis tiernos 37 años) y concluirían 100 semanas después, en agosto-septiembre de 1980.

De acuerdo con mi idiosincrasia, fui comprando y leyendo semanalmente cada fascículo; cuando se llegaba a una veintena, compraba las tapas para encuadernarlos y le llevaba el conjunto de fascículos y tapas a Senén que componía con esmero cada tomo de la Colección. En total, son 2.000 páginas, distribuidas en 100 fascículos, agrupados en 5 tomos.

Cada fascículo incorporaba una contraportada con un/una madrileño/a ilustre con las que se podía componer un sexto y curioso Tomo. La tapa de cada tomo contiene el grabado notable de un edificio o monumento destacado de Madrid.

Grabados de las Tapas
Bien, pero ¿qué tiene de particular esta colección para que sea mi “libro favorito? Pues hay dos razones: Por un lado, me parece un claro exponente del madrileñismo del que presumimos propios y extraños; los nativos y los imprescindibles “paletos”. Por otro lado, es también fruto del mejor ambiente político, del mejor ejercicio democrático que hemos vivido. Desde la dolorosa añoranza de aquellos días, no pierdo la utópica esperanza de volver a vivir algo como aquello. Siguen algunos datos y argumentos que tratan de justificar mi selección y mis categóricas afirmaciones:

Marco político: El Prólogo de la obra lo escribe el Alcalde José Luis Álvarez en octubre de 1978, y en él describe Madrid como un compendio heterogéneo de virtudes (historia, arte, literatura…) pero también de problemas que no esconde, como los asentamientos defectuosos (El Puente de los Tres Ojos, Palomeras, La Celsa, le Tejar de Luis Gómez, Carabanchel o Valdecelada) o urbanizaciones equivocadas con equipamientos insuficientes (Lavapiés, Orcasitas, Vallecas y Canillas) y no esconde esas deficiencias, porque confía en conseguir un Madrid mejor que las supere. Pues bien, en las Elecciones Municipales de abril de 1979, aunque la mayoría la obtiene UCD, se proclama Alcalde Enrique Tierno Galván, que escribe el Epílogo de la Colección, dando continuidad y normalidad a la alternancia política, que culmina lo bien hecho, sin arrasar lo anterior por ser obra del “enemigo”. Esto es, en mi opinión: DEMOCRACIA.

Por su parte, el Contenido de la obra es, para mí, Madrid en estado puro. Para empezar cada Tomo tiene un Coordinador distinto, que ya imprime un cierto carácter fruto de su personalidad, y ¡ojo al dato! de los seis coordinadores, sólo tres son nacidos en Madrid (Terán, Navascués y Del Corral) mientras que Molina es jerezano, Azcárate, vigués y Bonet, coruñés; “Madrileñismo puro”.

La estructura de la obra es sencilla: Se toma el mapa de Madrid se delimitan zonas como piezas de un puzle y se encomienda a un autor (en ocasiones son dos) que la describa como él crea más oportuno, de acuerdo con la naturaleza de la zona y con la propia sensibilidad y experiencia de autor. Esto proporciona a la Obra una riqueza, una heterogeneidad y una cierta anarquía, que también me parecen muy “madrileños”. Conviven enfoques históricos, con los urbanísticos, los artísticos o los sociológicos en un encantador y didáctico totum revolutum.

Baste con algún ejemplo del Tomo 1: Plaza de Oriente-Carabanchel. Junto a descripciones “clásicas” como la que hace Mercedes Agulló de Sacramento, que podría ser la de un guía de los que enseñan Madrid, está la casi exclusivamente arquitectónica que Fernando Chueca hace La Almudena, que contrastan fuertemente con lo que escriben Elena Estella y Aurora García en el fascículo Latina (Lucero, Cármenes, Aluche), de profundo contenido sociológico.

¡Todo eso y más es Madrid!

Por último, señalar que el tomo de los Cien Madrileños Ilustres (entre los que hay 19 mujeres) también responde a la variedad de posiciones sociales, oficios y méritos de los cien elegidos, desde Isidro, a Beatriz Galindo, Carlos III, Luis Candelas, La Fornarina o Jardiel. De nuevo, MADRID


domingo, 28 de enero de 2024

El Retiro: María Aguilar

 Nunca me planteé un lugar favorito dentro de la ciudad en que nací. Esta entrada resulta un poco decepcionante, sobre todo si se escribe para un blog relacionado con la capital de España. En cualquier caso, intentaré decir algo, con sentido y afecto, para esta villa.

Viví, hasta mi mayoría de edad, en el barrio de Salamanca. En mi infancia, mi ciudad se limitaba, a la calle Alcalá, calle Serrano, calle Goya, calle Velázquez, y aledaños. De Serrano de pura cepa: hay que reírse de uno mismo para empezar.

Si pienso, en esa época, un lugar que me resultara agradable, no me queda otra que pensar en El Retiro, y más concretamente, en la circunvalación del Paseo de Coches, y la estatua del Ángel Caído. Ir hasta allí, era como ir de excursión, dado el tamaño que debía yo tener por aquel entonces.

Ya de mayor, en aquellos lugares, que entonces me parecían mágicos, pude encontrar el motivo, que los hacía parecer así.

Bordeando La Rosaleda, hay muchos viejos pinos que se mantienen como en mi niñez, aunque Filomena haya cercenado unos cuantos. El cielo azul, la altura, tanto de los pinos como del lugar, hacen parecer a la zona como algo aislado de la ciudad, un lugar muy alto, que puede parecer un lugar de ninguna parte. Y aunque parezca mentira, esa es su magia: el lugar de nunca jamás. El lugar de la infancia.

Para rematar el paseo, nos encontramos con la escultura del Ángel Caído, obra del Ricardo Bellver, que ocupa el lugar donde estaba la fábrica de porcelanas, fabrica que, entre franceses con su invasión e ingleses con objetivos comerciales, se encargaron de destruir.

Fuera de ideas esotéricas sobre el diablo, y los seiscientos sesenta y seis metros de altura de la plaza, creo que es una de las esculturas más bonitas de Madrid. Da igual desde que ángulo la mires, es preciosa en todos sus ángulos. Todo en ella es movimiento. Cada vez que la veo, me acuerdo de su historia: Expulsado del Paraíso, por su soberbia, un defecto totalmente humano, y poco angelical. La escultura, es de un hombre muy terrenal, a pesar de sus fantásticas alas, dotado de la soberbia de la que se le acusa, y que grita de ira y miedo mientras cae...acusación injusta desde todos los ángulos, también.

lunes, 22 de enero de 2024

Las Vistillas 1/2: Rafael Martín

 

1. PRESENTACIÓN

Si has nacido en el número 3 de Gabriel Miró, has vivido allí 25 años y, al casarte, te has trasladado a su espalda, a menos de 100 metros, como es mi caso, no creo que puede sorprender a nadie que haya elegido a Las Vistillas como mi jardín favorito de Madrid.

Quizás la única sorpresa pueda provenir de calificar a las Vistillas como “jardín”, cuando la RAE define el término como: Terreno donde se cultivan plantas con fines ornamentales. Desde luego, las Vistillas no responde (salvo en la segunda plaza) a esa definición, pero no obstante su denominación oficial es la de Jardines de las Vistillas y a ella me acojo.

Las Vistillas han sido: todo, durante mi infancia; un escenario de fondo, en mi adolescencia y parte de mi madurez; una referencia recuperada, durante la infancia de mis hijas y aún ocupa un cierto papel, no protagonista, en mi presente.

En lo que sigue, me centraré en los jardines propiamente dichos, pero con frecuencia consideraré su entorno más inmediato porque forma parte indisoluble de esta historia, como por ejemplo para constatar que en la que era en los 40 la “casa nueva” de la Travesía de Las Vistillas vivieron, entre otras, la familia cinematográfica de los Ozores, la familia folclórica de los Vargas o Clemente Fernández, defensa derecho del Real Madrid (el de la alineación que empezaba: Bañón, Clemente, Corona…), a quien le “pasábamos” la pelota cuando le veíamos y nos hacía el honor de devolverla, cosa que festejábamos como un triunfo. Otro vecino notable era el estudio de Zuloaga en el 7 de la Plaza, pero ésta fue una información de adolescente, ya que en mi niñez lo importante es que el bajo estaba ocupado por el taller y alquiler de bicicletas de Berges (¿o Verges?).

Mis Vistillas son el resultado de la “urbanización” de las Vistas de San Francisco que aparecen en la Topographia de Texeira de 1656, y que, utilizadas como mercados abiertos como el de sandías de la foto, llegaron con escasas modificaciones hasta el primer tercio del siglo XX.


Se puede observar que la casa donde estuvo el Estudio de Zuloaga (y el taller de bicicletas) aún no se había construido.

Por cierto, que en el Texeira aparecen dos Vistas más: la de Dª María de Aragón, situada donde hoy está la entrada norte de los Jardines de Sabatini, frente al Senado y las de la Puerta de la Vega, situadas donde hoy están los Jardines de la Cuesta de la Vega y más en concreto, el jardín superior dedicado a Boccherini. Las tres ubicaciones permitían una visión muy parecida: abajo, el río Manzanares y arriba, el horizonte occidental de Madrid, con sus increíbles puestas de sol, pero de las tres sólo ha permanecido como tal Las Vistillas. Ignoro quién, cuándo y por qué se tomó la confianza de cambiar  Vistas por Vistillas, como haciéndolas de menos, cuando debería haberlas subido de nivel llamándolas Las Vistazas, lo que habría sido más justo.

La urbanización de Las Vistillas debió empezar en los años 30 (García Mercadal), debió parar y sufrir una cierta marcha atrás durante la guerra, para concluir a mediados de los cuarenta (Herrero Palacios). Lo último en terminarse, y tengo memoria de ello, fue la pérgola de la tercera plaza. Algo más tardía fue la construcción de las Escalerillas de la Cuesta de los Ciegos, que los chicos de entonces celebramos subiéndolas y bajándolas de forma algo obsesiva.

Una curiosidad: Recuerdo la plantación de los arbolitos (entonces) de la acera y recuerdo que pasó por mi mente alguna reflexión sobre su crecimiento con los años. Hoy, los que han sobrevivido a las distintas inclemencias, incluida la “filomena”, alcanzan al 5º piso de mi casa, es decir, unos 18 metros.

La solución dada para salvar el fuerte desnivel de las Vistas fue crear tres terrazas y ubicar en ellas sendas plazas conectadas por escaleras. Con el gracejo y la imaginación que caracterizan al madrileño, de inmediato los vecinos las denominaron: Primera, segunda y tercera plaza. Ni Arniches lo habría mejorado.

Ese diseño permitió diferenciar cada plaza: En la primera se habilitó una amplia explanada despejada, inicialmente con suelo de tierra, ideal para correr, jugar (nosotros queríamos dedicarla al noble deporte del balompié, pero a los guardas jurados no le parecía bien) y otros usos a los que me referiré de inmediato.

La segunda era y es un jardín propiamente dicho, con sus parterres y una fuente central que en algunos momentos acogió unos pececillos colorados (en aquellos años no podían ser rojos). Esta plaza acogió desde el principio gente de edad y niños pequeños con sus madres o cuidadoras. Para nosotros era lugar de paso, pero no de estancia.

La tercera, la más pequeña y la última en terminarse, no tuvo nunca un carácter muy definido, y desde luego tenía escaso atractivo para nosotros, más allá de ser el acceso obligado a la cuesta occidental. El diseño final incluyó sendos kioscos, similares a los que hay en el Retiro y el Parque del Oeste, por ejemplo, lógicamente pensados para expender bebidas refrescantes, en las correspondientes terrazas, tan madrileñas ellas. El sitio es ideal, como lo demuestra el éxito del Ventorrillo situado en la parte alta de la calle de la Morería, pero sólo recuerdo que funcionaran así en dos o tres ocasiones durante las fiestas. Para mí es una incógnita nunca resuelta.

Quiero completar esta media entrada de Las Vistillas con esos otros usos que he mencionado antes, que imagino estaban en la mente del diseñador definitivo y, en concreto en lo que se refiere a esa explanada expedita de la primera plaza. Me refiero a los usos de ocio musical, que incluían inicialmente la kermés y los conciertos por La Paloma, y que han derivado actualmente en multitud eventos musicales por San Isidro u otras muchas celebraciones.

Cuando llegaba agosto, el Ayuntamiento nos birlaba la primera plaza; procedía a vallar todo el perímetro, instalaba un escenario en la este y unos puestos de comida y bebida en el ala oeste, la que está medio ajardinada, todo ello para ofrecer la Kermés de Las Vistillas y poder controlar y cobrar la entrada, durante las Fiestas de la Paloma. La kermés tenía canción propia que aún recuerdo parcialmente.

Las molestias para los vecinos no eran pocas (ruidos, música nocturna, aglomeraciones, olores a fritanga, alguna que otra pelea entre malos bebedores, etc.), por lo que mi padre celebraba con alborozo, desde nuestros balcones del cuarto piso cuando caía uno de esos chaparrones de verano, corto pero con gruesos goterones, que hacía correr a los kermesistas a buscar un refugio inexistente. Era una venganza algo sádica de quien tenía que madrugar al día siguiente.

Una agradable compensación era el concierto que daba la banda municipal y que mi padre “codirigía” a balcón abierto y nos anunciaba el final de las piezas con un: ¡Ahí queda!

La kermés era amenizada por un presentador y por distintos grupos musicales que nos obsequiaban con el repertorio de baile más popular de aquellos años. Recuerdo que cuando la noche avanzaba uno de aquellos inefables “crooners” consideraba que había llegado la “hora golfa” y versionaba una cancioncilla que debía decir: contigo me voy en bote, en bote me voy contigo y lo que cantaba era: contigo me doy el lote, el lote me doy contigo. Ni que decir tiene que tenía gran éxito.

Hasta aquí la primera parte, la PRESENTACIÓN, de mi jardín favorito. Como diría mi padre, ¡ahí queda!

Como suele suceder me he tropezado casualmente, en el magnífico blog titulado Historias Matritenses  con una fotografía aérea de Las Vistillas de 1927, que no tengo más remedio que compartir en este Nuestro Madrid.

Entre otras cosas, no está, como es obligado, el bloque de cuatro edificios en donde está la casa en la que nací, ni el ala norte del Seminario pero lo que se puede observar con toda nitidez son las Vistas de San Francisco, casi tal como las pudo ver el "Poverello" de Asís. Ni jardines, ni puestos de melones o sandías, ni niños jugando al futbol, las bolas o el peon: el descampado y las cuestas tal como las dejaron los carpetanos. Hay, sí, unas rudimentarias escalerillas que sirven a unos edificios el pie de las cuestas totalmente desaparecidos

 

Las Vistillas 2/2: Rafael Martín

 2. VIVENCIAS

En la primera parte (la PRESENTACIÓN) de mi jardín favorito he afirmado que durante mi infancia Las Vistillas lo fueron todo. Quizás exagero un poco, pero lo cierto es que ellas ocupaban prácticamente todo el tiempo que me dejaban libre el colegio y el descanso nocturno. Vivíamos en Las Vistillas.

Al hablar de mis vivencias soy consciente de que mezclo recuerdos que corresponden a diversas edades entre, pongamos los 6 y los 15 años, y la edad era muy importante porque aquella “sociedad” estaba muy estratificada por edades; una cosa eran los “mayores” y otra muy distinta los “pequeños”, aunque la diferencia no fuera superior a los 3 o 4 años. Los “pequeños” debían volar bajo, no incordiar a los “mayores”, ni pretender compartir juegos con ellos, de no ser expresamente invitados a hacerlo. Cualquier transgresión de esas normas podía conllevar graves castigos, como la incrustación de chicle en el pelo, de la que fui víctima para desesperación de mi madre. Espero no habérselo hecho yo a ningún “pequeño”. Al menos no lo recuerdo.

Tras salir de clase las madres nos proporcionaban la merienda y nos lanzaban a Las Vistillas hasta casi la cena, con una encomienda severa: “¡No salgas de la Plaza!”, encomienda que reforzaban con la esporádica inspección visual desde el balcón. Sabían muy bien del atractivo de las cuestas que circundaban la Plaza y de las calles aledañas. Cuando era necesario, las madres se asomaban al balcón y gritaban nuestro nombres; de no oírlo en directo, siempre había alguien que sí lo había oído y que trasladaba el mensaje: ¡Oye, que tu madre te está llamando! Y hala, corriendo para casa, inventando por el camino una excusa creíble.

Pero si no había nada que lo impidiera lo nuestro era jugar en Las Vistillas. He intentado recordar y ordenar la infinidad de juegos a los que nos entregábamos de cuerpo y alma:

Juegos con objeto:

Bolas, preferentemente el gua; Clavo, bajaba (subrepticiamente) un pasador que mantenía vertical una cama mueble que podía abrirse inesperadamente; Peón, con mi disco de Newton; Taba, con su rey, su liso, su tripa y su hoyo; Güitos, los huesos del albaricoque (claro, en verano), con los que también fabricábamos silbatos: Chapas, preferentemente para hacer carreras por circuitos tortuosos o partidos de fútbol, aunque esto lo practicábamos normalmente en casa. Las chapas más codiciadas eran las de Martini, por su menor tamaño. La “creación” de un buena “chapa de carreras” era un arte, con la cabeza de un ciclista, un cristal redondeado en la llave de las farolas, una anilla y cera o brea para fijar todo y darle peso; y por supuesto Fútbol, que practicábamos con pelota de goma, con pelota de trapos o papel, e incluso con piedras entre bocas de alcantarilla enfrentadas. Con pelota, también jugábamos al balón prisionero.

Juegos sin objeto:

Los de correr, como el peligroso látigo, que solía hacer volar al último miembro de la cadena; el divertido cortahílos, que recordaba a los recortadores de toros; el entretenido rescate; el tula (tú la llevas); el más pacífico escondite o alzo la malla; el pañuelo, que ya permitía jugar con chicas y algunos otros, estáticos y más violentos como el dola o pídola, en el que se quedaba recibía las tabas y liques de los que saltaban sobre él, a veces apoyándose con los nudillos, en lugar de las palmas de la mano. La variedad del burro hacía bueno el nombre.

Otras diversiones:

Las Vistillas, con sus vallas, sus escaleras, sus bancos y sus poyos pétreos, nos invitaban a saltarlos y hacer mil diabluras, como las que hoy hacen los que practican el “parkour”.

Como complemento de todos los anteriores que se llevaban a cabo dentro del recinto de las tres plazas, también extendíamos en sus aledaños algunas de nuestras actividades, unas sencillas y tranquilas y otras con cierto riesgo. Por ejemplo, las cuestas de la izquierda de las Escalerillas nos servían para deslizarnos, si era posible sobre la tapa de hojalata de una caja de galletas; de no disponer de ella, eran nuestras suelas o nuestro pantalón quienes se desgastaban. Las cuestas de la derecha nos estaban vedadas porque había unas cuevas presuntamente habitadas.

Otra actividad ciertamente peligrosa, que no me atrevo a tildar de juego eran las pedreas con nuestros enemigos, los chicos de la calle Jerte.

Más tranquilas eran las destinadas a molestar a las chicas que jugaban pacíficamente a la cuerda, a las casillas (rayuela) o al diábolo.

Había una actividad tranquila y peripatética que recuerdo a medias que podría llamar Sorpresa. Consistía en visualizar siete  cosas; el que lo conseguía recibiría una sorpresa. Se paseaba por la calle y se iban localizando los objetos. Alguno de los que recuerdo era: Ropa tendida, ¡sorpresa! Gorra de plato, ¡sorpresa! Coche amarillo, ¡sorpresa! Carro con mula, ¡sorpresa!, y así sucesivamente.

También recuerdo, y eso certifica mi edad, acompañar al farolero que, con su pértiga terminada con un mechero, iba abriendo las espitas y encendiendo las ¡farolas de gas!

Acabo con una vivencia entrañable ligada a las noches de verano en las que después de cenar todos bajábamos a las Vistillas, para hablar, contarnos historias o ver las estrellas fugaces, tendidos boca arriba sobre las anchas vallas que delimitan la primera plaza.

lunes, 15 de enero de 2024

Callejones de los Austrias: Maribel Piqueras

 

Me gusta perderme por esos callejones del Madrid Austria, generalmente alejados del bullicio de otras zonas del centro histórico. El arco mudéjar del portón de la antigua casa de los Lujanes nos introduce en la calle del Cordón, como homenaje al cordón franciscano de Cisneros, cuyos descendientes mandaron construir la gran edificación del lado derecho de esa calle. ¿No os trae recuerdos de Toledo? Esas casas de gran altura unas junto a otras, donde se aprecian los muros de mampostería y el lateral de la Casa de Cisneros (sólo en ese tramo se ve claramente la gran profundidad que tiene y que no se aprecia desde la fachada a la Plaza de la Villa). Están tan cercanas que sus vecinos bien podrían susurrar a través de sus respectivas ventanas.

Recorrer esas calles y suelos es pasear sobre la Historia de nuestra capital. Incluso en los muros de la Casa de Cisneros hay restos de silex y piedra de la antigua muralla medieval de Madrid, una “muralla reciclada”, ahora que se lleva tanto ese término. Y, sobre piedras, cuánto sabe mi amigo Rafael Martín.

Pasamos la calle Sacramento y San Justo para bajar hasta la Plazuela de San Javier. Se dice que es la plaza más pequeña de Madrid. Las calles de su entorno forman un entramado hasta llegar a la bajada hacia lo que era el antiguo arroyo de San Pedro, hoy calle de Segovia. La Plazuela es un auténtico rincón castellano, rodeada de zócalos de granito, muros de ladrillo y casas bajas con sus entradas enmarcadas en granito. También se aprecian las vigas de pino de Valsaín y tantos siglos de historia en esas casas Austrias con oscuros zaguanes. Muchas veces estoy en soledad en ese punto, respirando calma y paz, que no da la sensación de que habito en Madrid, una capital del s XXI.

Volvemos a subir para coger algunas callejuelas del otro lado de San Justo, como la de Puñonrostro. Lleva el nombre de una antigua familia noble madrileña que tenía propiedades en toda esta calle y también en la plaza del Cordón. Carlos V concedió el título de Conde de Puñonrostro a Juan Arias Dávila, por haberle defendido contra la rebelión de los Comuneros. Esta pequeña calle parte de la calle San Justo para terminar en la Plaza de Miranda. Bordea pues, el lateral de la Basílica de San Miguel. En el s XVI una de estas casas pertenecientes a los Puñonrostro fue alquilada por el secretario Antonio Pérez, y en ella tuvo lugar la famosa anécdota de que, viéndose rodeado para meterlo en prisión, Antonio Pérez salto hasta la vecina iglesia de San Justo. En uno de los bajos de la calle guardan con mucho cariño todo lo referente a la Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos del Cristo de la Fe y el Perdón.

El Pasadizo del panecillo era un pequeño callejón que comunicaba la entrada al Palacio Arzobispal con la Plaza del Conde de Barajas. En él repartían pan a los pobres.

Se cerró con rejas por motivo de seguridad. Unas vistosas escaleras nos señalan que en ese punto empezaba el callejón, junto a la barroca puerta de granito, que era la puerta de entrada principal al Palacio arzobispal, mandado construir en el s XVIII por la reina Isabel de Farnesio, para que los arzobispos de Toledo tuvieran un lugar solemne en su visita a Madrid. Hay que recordar que Madrid no tuvo obispo hasta 1885 y siempre dependía del arzobispado de Toledo. 
Relacionado con ese edificio está la calle de la Pasa, donde el que “no pasa no se casa”. Por estas zonas ya nos encontramos más barullo, ya que hay cercanos varias tabernas y restaurantes. Pero la calle de la Pasa también tiene su encanto y se muestra tranquila en muchas ocasiones. Ahí da la puerta del archivo del palacio arzobispal, donde se guardan todos los expedientes de matrimonios, bautizos, defunciones y demás que sucedieron en Madrid desde su creación como diócesis. Por eso, al registrar los matrimonios, se acuñó ese dicho anterior. 
También da a la calle de la Pasa el local de los artistas que exponen los domingos en la cercana Plaza del Conde de Barajas. Es maravilloso contemplar e irse parando uno a uno, en los diferentes estilos de este pequeño Montmartre madrileño. Acuarelas, óleos, retratos, grabados, con temas, técnicas y tamaños para todos los gustos. Realmente tienen calidad, porque no puede exponer ahí cualquiera, sino que los artistas deben pasar antes un examen. Una última y discreta puerta que asoma a la calle de la Pasa, enmarcada en granito, sirve para acceder al jardín del Palacio arzobispal. Sus discretos muros esconden un sobrio jardín del que asoma solo la palmera. Al ser un palacio del siglo XVIII, los jardines solían colocarse en la parte trasera. Recordad por ejemplo el de Liria o el del Palacio del Infante Don Luis en Boadilla, todos ellos del siglo de la Ilustración.

Palacio: Rafael Martín

Elegir el Palacio Real como mi edificio favorito de Madrid puede parecer una obviedad, y a lo mejor lo es; con sólo considerar sus 135.000 m2 o sus 3.418 habitaciones que le convierten en el mayor palacio de la Europa Occidental, ya sería suficiente. Si a eso se une su historia y su riquísimo contenido de obras de arte, mobiliario, tapices, instrumentos musicales, relojes, jarrones, etc., la obviedad se convierte en certeza.

Pero no es nada de esto, por importante que sea, lo que justifica mi elección, sino otro tipo de consideraciones surgidas de mi relación con el Palacio, por mi condición de madrileño de a pie.

Para que se me entienda bien debo empezar por compartir una idea sencilla: Yo vivo en el número 26 de la calle de Bailén y el Palacio está ubicado entre los números 2 y 6 de la misma calle; somos, pues, vecinos.

A esta entrada del blog que acoge a los favoritos de los contertulios la he llamado simplemente Palacio, porque no sé muy bien cómo debería denominarla. Me explico: Lo de Palacio Real no me parece lo más apropiado, ya que los Reyes no viven en él. De hecho, el último jefe de estado que lo habitó fue Manuel Azaña, siendo Presidente de la República, claro que por aquel entonces se le denominaba Palacio Nacional.

Franco renunció a habitarlo, pero lo utilizó como “escenario”: Escenario de actos oficiales; escenario de la presentación de Credenciales; escenario de manifestaciones entusiastas de adhesión a su gestión; escenario para la exposición de su cadáver (¡cómo habría disfrutado viendo las interminables colas que se formaron!). Pero no sólo renunció a habitarlo, sino que tampoco le pareció bien usar el adjetivo y nuestro Palacio, el Palacio de mis primeros 30 o 40 años de vida paso a ser el Palacio de Oriente, lo que no puede ser más sorprendente y contradictorio.

A cualquier madrileño que no esté desnortado, le resulta evidente que el Palacio está situado al occidente de la Villa, por lo que el nombre debería ser, Palacio de Occidente, una vez que los corifeos del franquismo debieron de desechar la idea de llamarle, Palacio Generalisimal, que habría sido lo propio. Pero no, optaron por identificarlo como el “palacio que está en la Plaza de Oriente”, (¡plaza que se llama así porque está en el oriente del palacio!). Entiendo que el nombre más apropiado habría sido: Palacio de la Plaza que está al Oriente del Palacio.

¡Señores, qué follón!

Pero hay otra particularidad de nuestro Palacio que merece destacarse porque me parece como muy madrileña y es que está en medio de la calleComo muestra claramente la foto, si uno va distraído, por ejemplo, mirando el móvil, se puede dejar la frente (o los cuernos, de tenerlos) con las repisas de las ventanas. Ese madrileño que vive en la calle comparte espacio físico con el edificio más emblemático de su ciudad.

Es el momento de considerar cómo y dónde están ubicados Versalles o Buckingham en París y en Londres. ¿Están en medio de la calle o están alejados del parisino o del londinense, y separados de ellos por recias verjas y profundos jardines? Nuestro Palacio está ahí, para que los madrileños podamos sentir la cercanía de nuestros jefes de estado, para vitorearlos, aclamarlos, alentarlos, casi abrazarlos... o correrlos a gorrazos, según nos cuadre.


domingo, 14 de enero de 2024

La chatarrería de Paco Gómez.

Vivía en la calle Peñuelas, en el número 7, casi junto al paseo de las Acacias. Mi padre era muy parecido a Rafael en sus opiniones constructivas de Madrid. Para Rafael, Madrid se construyó con los elementos líticos que provenían de la demolición de la muralla de Madrid. Para mi padre, casi todas las construcciones de principios del siglo XX procedían de la demolición de los edificios para abrir la Gran Vía. Mi padre decía que esta casa estaba construida con este material.

La calle Peñuelas no era muy comercial. Lo bueno de esta calle es que todos nos conocíamos. Pasábamos mucho tiempo en la calle. La vida era muy tranquila y yo diría que casi vivíamos en comunidad. Todos los mayores se ocupaban de los más pequeños, incluso de su educación.

En el número 5 había una chatarrería. Era regentada por una señora llamada Juana, que era más mayor que mi madre. Tenía dos hijos veinteañeros que siempre salían de la tienda-vivienda muy trajeados. Nunca conocí a su padre, pero a los niños no nos importaba. Estábamos libres de los prejuicios de los mayores, y mucho más en aquellos años.

En la chatarrería de la señora Juana pasaba mucho tiempo. Allí jugaba en ese gran almacén lleno de todo tipo de cachivaches y achiperres de metal. Muchos de ellos los utilizaba como trebejos, para mi diversión.

Según entrabas, a mano izquierda estaba situada una báscula tipo "ariso". Esa báscula de plataforma, la báscula de Quintenz, era mi pasión. Me gustaba saltar encima de ella y escuchar el ruido que hacía. La señora Juana la manejaba a la perfección. Los chamarileros que entraban en el almacén colocaban sus cargas encima de la plataforma de la báscula y, después de llegar a un acuerdo sobre la compra de la mercancía, la pesaba y cerraba el trato.

Recuerdo haber hecho algún trato con Juana. En casa, cuando se fundía una bombilla, mi padre me la regalaba. Era un material preciado. Mi hermana y yo bajábamos a la calle, y estampábamos contra el suelo la bujía. Pisábamos el casquillo, que era de cobre, y se lo vendíamos a la señora Juana. Ella nos pagaba una perra gorda, que gastábamos en pipas.

El almacén era también la "sala de comunicaciones del barrio". Justo después de pasar el almacén, al fondo, en la entrada de la puerta que daba a la vivienda, en la jamba de la puerta estaba colgado un gran teléfono negro. El auricular del teléfono se colgaba a la derecha del aparato.

En un día determinado y por la tarde, bajábamos mi madre y yo a la chatarrería. Mi madre y Juana se sentaban en una silla y pasaban el rato cosiendo y al mismo tiempo "cortando mangas para chalecos", mientras esperaban la llamada de mi abuelo desde el pueblo.

La casa de mis abuelos disponía de un teléfono. Era un teléfono negro de mesa, pero no tenía rueda de marcar. Funcionaba mediante una operadora. El aparato tenía en un extremo una manivela que, dando vueltas, se comunicaba con la operadora y esta hacía manualmente lo que el otro teléfono hacía de forma mecánica. Para comunicarnos con otra población, se necesitaba pedir una "conferencia" y esto lo hacía de forma manual la operadora. Creo que ahora las llaman "las chicas del cable". Este proceso podía durar horas de espera.

Pero por fin la magia se hacía y el teléfono sonaba. En estos momentos se rezaba para que fuera la conferencia y no fuera una llamada inesperada, ya que de lo contrario no se podía establecer la comunicación.

En toda la tarde siempre estaba puesta la radio, un aparato con muchos botones de marca Marconi. Esto me recuerda aquella canción, en aquellos momentos de moda, cantada por Monna Bell, "Comunicando"CLIC AQUÍ PARA ESCUCHAR..

Una vez cumplida la operación y tras otro rato de conversación, nos marchábamos a nuestra casa.

Plaza de Guatemala del Retiro: Adriana Sánchez

 

¿Qué le pasa al General?

Hoy he visto de nuevo al General. Alzado en su elevado risco, contempla un indefinido paisaje perdido entre la maraña de ramas desnudas de los árboles. Estamos en la Plaza de Guatemala, en el Retiro. Es invierno. Una paloma se posa en su cabeza, sobre la gorra militar, los dos son grises y oscuros, él de bronce, ella de pluma. Como ellos toda la plaza se ha vuelto gris, gris el cielo, gris el pavimento y el agua del pequeño estanque.


Hace frío y el General se arrebuja en su capote del uniforme de campaña, su gesto es rudo y está cansado, también su caballo agacha el cuello, severamente agotado. Mas hoy descubro en el rostro del General algo más que pesadumbre. ¿Qué le pasa al General?

Me pregunto si acaso su malestar es fruto del peso de tantas campañas militares, y ya no recuerde lo aplaudido y celebrado que fue por sus triunfos en tantas batallas... él que incluso puso la corona en manos de su rey... Es entonces cuando reparo en la estatua tan cercana que con evidente desenvoltura le está dando la espalda. Un corto camino bordeado de cipreses une la Plaza del General con el imponente monumento. Allí se alza, también a lomos de su caballo, la figura de un apuesto Alfonso XII, que mira solemne hacía el oeste, hacia la ciudad.

Es un rey joven y gallardo, y él un viejo ya muy cansado. Algunos dicen que lo ubicaron de esta forma para seguir protegiendo, en esta vida de bronce, las espaldas de su señor, pero quizá él siente que, con este gesto, el rey le ha rechazado.

El General parece tan solitario en esta plaza envuelta en invierno que deseo rescatarle de tanta congoja. Me gustaría decirle que los dos son hijos del mismo maestro, y el escultor Benlliure si bien le dotó al rey de majestad a él le entregó corazón y sentimiento.

Deseo comentarle cómo en su honor construyeron este hermoso monumento sobre una gran roca donde se ensalza sus trofeos, y todas sus glorias. Y hablar de la envidiable atalaya desde la que observa el paso del tiempo, los cielos azules, las nubes y las hojas de los árboles que van cambiando... Él mira siempre hacia oriente y cada día ve el amanecer, y en las noches frías los gorriones y las palomas se acurrucan en sus pliegues de piedra.

Quiero recordarle que frente a él se alza la antigua casa del Contrabandista, hoy un concurrido bar de copas de moda, pero fue uno de los Caprichos de Fernando VII, contarle que en ella se guardaban unos fabulosos muñecos, autómatas que se movían y bailaban vestidos de folklóricos, y entre ellos destacaba un terrible muñeco contrabandista que dio nombre al lugar, aunque eso no pueda recordarlo, porque sucedió hace mucho tiempo. Quizá si conoció aquel edificio convertido en un balneario donde se disfrutaba de aguas medicinales, también aquello pasó y se convirtió en un coqueto salón de té, y más tarde en una sala de espectáculos... ¡Tantas cosas ha visto desde entonces! ¿Recordará el General el revuelo de gentes al ver llegar a los artistas, los coches elegantes, la música que le llegaba cada tarde escapada de aquellos muros? ... Hoy, casi a sus pies, un trompetista callejero le regala con sus notas cada mañana.

Pienso que su mirada puede llegar más lejos y vislumbrar lo que fue la Casa de Fieras, otro capricho de ese rey desleal, quizá solo vea sus puertas de ladrillo coronadas por leones de piedra, hoy el lugar se ha convertido en una maravillosa biblioteca, aunque quizá, todo esto no le interese, pero no creo que pueda olvidar ese tiempo atrás, el sonido de aquellos animales, sus rugidos en el silencio del anochecer, que le hacía soñar con fantásticas tierras... ¿Habrá reparado alguna vez en las gentes tan dispares que caminan hoy por el parque y se detienen a admirarle? ¿Escuchará esas campanas, que como cada día llegan de la iglesia de San Manuel y San Benito?

¿Cómo olvidar los muchos desfiles que ha contemplado pasar frente a él por el Paseo de Carruajes? Carnavales, Cabalgata de Reyes Magos, maratones, ferias..., exposiciones y también ha sido, año tras año, testigo de los libros, los muchos libros que le rodean cada primavera...

Pero el General no se conmueve, sueña con otros tiempos, cuando su estanque estaba vivo y paseaban por él, incansables, una familia de patos blancos. Dos casetas de madera los cobijaban en la noche y ese cerco que envolvía el estanque, hoy de fría piedra gris, era una franja de césped siempre muy verde. En esos días nunca acababa el verano y la plaza resplandecía de risas, y de niños, tatas y soldados, todos jugando, caminando por aquel empedrado, hoy pavimento de tierra oscura, que fue de menudas piedras, piedras blancas, rosas y grises que simulaban arabescos y ramajes de flores. También ocupaban los bancos de piedra madres jóvenes laboriosas, viudos tristes, y abuelos y abuelas... y, siempre alerta, aquel vigilante vestido de guardabosques que controlaba la moral y el orden vigente ... eran años grises y difíciles, pero a pesar de ello, todo era vida y alegría en la plaza. En esos días, General, sentías un gran sol en tu corazón de bronce. Pienso que ese mal que te golpea hoy no es el frío, ni el desprecio de un rey, ni siquiera el invierno, lo que te aflige hoy, de esa manara, quizá se llame nostalgia.

Estereoscopía de la Estatua 
Imagen tomada de: Madrid en imágenes nuevo y antiguo | Madrid - de 1906 a 1916 | Facebook
Maladetta Nethou



sábado, 13 de enero de 2024

Los jardines de mi niñez: Paco Gómez.


Recuerdo con nostalgia mis años de infancia, cuando jugaba en las calles de mi barrio, sin parques ni espacios verdes. La calle era nuestro mundo, nuestro lugar de juegos, de aventuras y de descubrimientos.

Nuestra calle preferida era la del Oso, que daba al colegio. Allí pasábamos las horas corriendo, jugando al fútbol y simplemente paseando. Pero lo que más nos divertía era entrar en la vieja iglesia de San Cayetano, que estaba abandonada. Entre los cascotes de derribo, nos sentíamos libres y sin vigilancia. Éramos los reyes del solar.

Otro lugar que nos encantaba era el antiguo solar de las escuelas pías de San Fernando. Era mucho más escondido y salvaje que la iglesia de San Cayetano. Estaba lleno de gatos, ratas y otros animales. Las malas hierbas campaban a sus anchas. Allí jugábamos a todo tipo de juegos, desde policías y ladrones hasta indios y vaqueros.

También jugábamos al fútbol en la Corrala, un descampado que a veces se utilizaba para montar circos o atracciones de feria. Era un lugar perfecto para jugar, pero a veces era difícil jugar porque el terreno estaba lleno de baches.

Cuando ya éramos más mayores, empezamos a explorar otros lugares del barrio. Uno de nuestros sitios favoritos era la plaza de los Carros y de la Paja. Allí nos acogió el párroco de San Andrés, que nos daba dinero para recoger periódicos por todo el barrio. El párroco era un hombre amable y cariñoso. Vestía una sotana negra a juego con su sombrero de alas, tipo castoreño. Nos hacía besar su anillo.

El sitio destinado para almacenar el papel en grandes paquetes, era la Capilla del Obispo. Los legajos los colocábamos pegados a la pared. Lo más divertido era colocarlos. Subíamos hasta lo más alto.

Otro lugar que visitábamos a menudo era la plaza de Tirso de Molina. Era una plaza muy transitada, por lo que no era nuestro lugar favorito para jugar. Pero a veces nos pasábamos por allí para ver a los artistas callejeros o simplemente para charlar.

La canción de Víctor y Diego, "Hay un parque aquí en mi barrio", describe muy bien la plaza de Tirso de Molina. La plaza era un lugar de encuentro para los niños del barrio, pero también era un lugar de paso para los adultos que iban a trabajar o a buscarse la vida. El parque. Victor y Diego. 


  https://youtu.be/5WrRq8g-Ogc?si=8QTd4eqnNQrh7O1E

A pesar de que no teníamos parques, nuestra infancia fue muy feliz. Las calles de nuestro barrio eran nuestros jardines, y allí crecimos y soñamos.

jueves, 11 de enero de 2024

Mi cacharrería: Rafael Martín

 

En una muy dura lucha con una ferretería de la calle Calatrava, con la papelería de UBM cuando estuvo situada en la Casa de los Lujanes (hoy Museo de San Isidro) y con la taberna-tienda de ultramarinos de Pedro en la Travesía de las Vistillas, he elegido a mi cacharrería como mi establecimiento favorito.

Esta mi cacharrería, desaparecida hace ya muchos años, estaba situada en la esquina de las calles Bailén y Yeseros, local hoy ocupado por la farmacia de Yolanda Pérez, que podría denominar “mi farmacia”. Se trata de un local amplio a nivel de calle, que dispone también de un extenso sótano.

El lugar que ocupan hoy infinidad de medicamentos, unos amparados por el Sistema Nacional de España, otros no, junto a los preservativos y geles cuya utilidad desconozco y un extenso muestrario de productos de herboristería y naturismo, estaba ocupado en mi infancia por el exótico batiburrillo que integraba lo que conocíamos como “cacharrería” y que, desde luego, ahora soy incapaz de recordar con algún detalle, porque lo que a mí me llamaba la atención eran “mis productos”, los productos “necesarios” para mis juegos a los que me refiero más adelante. No obstante, no creo equivocarme al pensar que había todo tipo de cacharros de barro y loza, para cocina, baño y jardinería; cacharros de vidrio grueso; cordelería fina y gruesa; serones y cestos; utensilios de madera para cocina; palmatorias; lámparas de queroseno; cubos, aceiteras, alcuzas y otros enseres metálicos; etc., junto a ciertos productos a granel, como el serrín, cuyo olor impregnaba toda la tienda y aún recuerdo con nitidez.

De aquellos “mis productos” guardo especial recuerdo de dos: las bolas y los peones, elementos imprescindibles para el mundo infantil de aquellos años 40 y 50. En la cacharrería se podían comprar bolas (nosotros nunca usábamos la palabra “canica” que nos parecía muy cursi, incluso afeminada, en aquel mundo homófobo) de tres tipos: las de cristal, que sólo servían de adorno; las de barro, que sólo servían para comerciar y las de piedra, que eran el centro del juego del gua. Estas bolas de piedra, coloreadas, cuya composición desconozco, en origen tenían cierto brillo, por lo que era imprescindible “picarlas”, operación que consistía en pisarlas y hacerlas girar sobre un suelo de piedra o de arena gruesa, hasta que perdían ese brillo y de paso terminaban de redondearse. Esto llevaba un buen rato, pero una vez “picadas” ya se podía jugar al gua, utilizando como moneda de juego bolas de barro u otras bolas de piedra ligeramente defectuosas. La buena era un tesoro personal e intransferible. Todas se guardaban en una bolsa de la que se echaba mano cuando se iniciaba la “temporada de bolas”.

La compra de un nuevo peón (nunca peonza, que también era un poco afeminada) tenía su propia liturgia. Una vez elegido el que nos parecía más adecuado y ajustado al magro presupuesto del que disponíamos, lo primero era habilitar la cuerda que nos suministraban lo que implicaba hacer un nudo en un extremo, y en el otro incorporar una chapa aplastada por el tranvía que circulaba por Bailén y perforada con un oportuno clavo. Una vez que la cuerda ya estaba lista para utilizar había que “sedar” la punta, para quitarle las rugosidades del metal. La operación consistía en hacer bailar el peón, primero sobre pavimento de piedra y luego sobre arena gruesa, el número de veces que fuera necesario hasta que al coger el peón bailando en la mano se sintiera como un cosquilleo. 

El siguiente paso, no necesario pero sí importante, era la decoración, sobre todo de la parte superior. mi opción favorita era pegar un disco de Newton que era muy resultón. Y, entonces, ¡a jugar!

No quiero cerrar mi recuerdo a la cacharrería sin hacer mención a una transformación que me parecía mágica: era la que se producía al legar el tiempo de la Navidad. De un día para otro, sin que yo lo percibiera, aparecían en la cacharrería todos los artículos que los vecinos íbamos a necesitar para esas fiestas; el olor a serrín de la tienda era sustituido por el del musgo y el corcho y en el pequeño escaparate y las estanterías aparecían portales, molinos, puentes, casas castillos herodianos, así como figuras sencillas de barro de todos los protagonistas de los nacimientos.

A esas figuras no les prestaba, en general, gran atención porque nuestro Belén familiar tenía las suyas propias, que mi padre había traído de alguna provincia levantina y me parecía maravillosas. No obstante, recuerdo unos soldados de Herodes, con su lanza y todo, que seguramente compramos allí por ausencia o rotura de los anteriores.

Dejo aquí mi recuerdo a la vieja cacharrería. Se acabaron los botijos, las cuerdas o lo cestos, ahora toca ir a la farmacia a por el “pedido” mensual de la Seguridad Social.


miércoles, 10 de enero de 2024

La Glorieta de Bilbao: Pablo Linés

Cuando pienso en ello, no sé si realmente se trata de mi rincón favorito pero lo cierto es que cuando salimos sin rumbo siempre acabamos allí. No es la plaza más bonita ni tampoco la más tranquila, más bien todo lo contrario. La Glorieta de Bilbao es un cruce de calles de cierta enjundia con un tráfico más que importante, tanto de coches como de viandantes. Su eje principal son las calles de Sagasta y Carranza, que formaban parte de los antiguos Bulevares, vocablo que ya muy pocos utilizan. Recuerdo perfectamente el último tramo en desaparecer, la calle Marqués de Urquijo cuyo paseo central sucumbió víctima de un enorme socavón y la construcción de un aparcamiento subterráneo. Los bulevares de Sagasta y Carranza los recuerdo vagamente.

Perpendicular a este eje discurre la calle de Fuencarral, claramente diferenciada en dos partes. Un castizo las denominaría Fuencarral-abajo y Fuencarral-arriba. Obviamente la primera discurre entre la Glorieta y la Red de San Luis y siempre ha sido una calle eminentemente comercial. Tanto es así, que empleando el oxímoron que tanto nos gusta, coexistieron cuatro pequeños Grandes Almacenes. Subiendo desde Gran Vía en la esquina con Infantas estuvo Almacenes Eleuterio (1922), hermano de los almacenes Ceca en la calle de la Luna y que dieron lugar a denominarlos la Meca, como juego de palabras publicitario.

El segundo fue Almacenes El Encanto en la esquina con la calle de la Farmacia, fundado por un exilado cubano que huía del régimen castrista. Posteriormente fue la Ferretería Covadonga y hoy parte del edificio lo ocupa Casa Hortensia. El tercero y más conocido fueron los Almacenes San Mateo en la esquina con la calle homónima, cuyo eslogan era “si no lo veo, no lo creo…” y que fue uno de los primeros comercios en vender a plazos. El último, ya próximo a la Glorieta de Bilbao, fue Mazón que vimos construir, tener una breve existencia y posteriormente derribar. En Navidad ponían unos muñecos en la fachada que cantaban villancicos. Este tramo de la calle de Fuencarral se complementaba con un sin número de zapaterías y peleterías y algún establecimiento peculiar como fueron el Cupón Hogar Moderno o el Drugstore, el primero en abrir las 24 horas del día.

La propia Glorieta y la calle en su tramo hacia Quevedo eran mucho más ociosas, sobre todo ocupadas por cines y cafés. Siempre se ha tildado a la Gran Vía como la calle de los cines, pero en nada desmerecía la zona a la que nos referimos. En un momento me vienen a la memoria el Bilbao (o Bristol), el Proyecciones que es el más antiguo de Madrid, los Roxys, el Paz, el Fuencarral y en la inmediata calle de Luchana el Palafox, el mejor de Europa según rezaba la publicidad de la época, y el cine Luchana. Además, un número importante de pequeñas salas complementaba esta lista.

Los cafés y bares también salpicaban la zona. En la propia plaza continúa su actividad el Comercial tras muchas vicisitudes. En la esquina con la calle de Carranza estuvo el Café Europeo, donde Camilo José Cela ubica parte de la novela “La Colmena”. A la entrada de la calle de Luchana estuvo el bar-café Hupper que se mantuvo hasta el derribo del edificio.

Otro local más moderno, aunque ya desaparecido, fue Somosierra, tristemente célebre por haberse derrumbado el edificio sobre la terraza en 1974. Las calles de Cardenal Cisneros y Hartzenbusch fueron y son el barrio húmedo de la zona. De los bares de la zona quedan en mi memoria los bocadillos de calamares de Casa Luciano y la sidra con empanada de Corripio.

La Glorieta se disfruta al observar los edificios, algunos de gran porte como Seguros El Ocaso con triple fachada, obra de Teodoro Anasagasti. Más modesto, aunque armonioso, es el edificio del Banco Español de Crédito entre Sagasta y Luchana con su reloj marcando permanentemente la misma hora. Alguna vez me ha dado por pensar que es “de pega”.

También es muy bonito el edificio que hace esquina con Carranza, de ladrillo rojo de toda la vida y un portal con una extraña reja. En la plaza estuvo ubicado durante años el monumento a Quevedo hasta que algún regidor decidió mandar cada mochuelo a su olivo.

Actualmente luce en el centro una fuente más bienintencionada que bonita.

Quiero cerrar estos comentarios recordando a un tío mío, hermano de mi abuela, que en la posguerra se vio obligado a emigrar a Argentina y que estuvo toda su vida guardando “algo de plata” para viajar a Madrid y atenuar su nostalgia. Siempre decía: “si alguna vez me pierdo en el mundo y no me encontráis, buscadme en la Glorieta de Bilbao”.

La Plaza de la Paja: Rafael Martín

 

La Plaza de la Paja, que debe su nombre actual a la paja entregada como diezmo al cabildo de la Capilla del Obispo, con la que se alimentaban las mulas que los capellanes, fue llamada de las Tabernillas en el siglo XVIII, y durante algunos años del siglo XX, del Marqués de Comillas, es uno de mis rincones favoritos de Madrid.

Durante los siglos xiii y xiv la plaza debió ser un mercado importante de Madrid, y, dada la concentración de palacios y viviendas nobles, su auténtico centro neurálgico y ágora.

Dada su extensión, podría dudarse si es adecuado tildarla de “rincón”, pero su falta de tráfico y la circunstancia de no ser un sitio de paso, que le da un cierto aire recoleto, creo que justifican incluirla en esa categoría.

Si caben dudas para denominarla “rincón” otro tanto se podría decir de su calificación como “plaza”. Aunque seguramente existirán mil excepciones, parece que el concepto de “plaza” lo reservamos para espacios en general horizontales y no para una cuesta tan pronunciada como la de, este, mi rincón. Tengo un ejemplo bien cercano, como es el de la Plaza de Las Vistillas, ubicada en una colina muy similar a la de San Andrés, pero en la que el desnivel se salvó construyendo tres espacios horizontales, sobre sendas terrazas.

Aquí no; aquí continúa presente el terraplén primitivo por el que la colina de San Andrés vertía sus aguas al arroyo Matrice, luego llamado de San Pedro o del Pozacho y ahora las sigue vertiendo a la calle de Segovia.

Estoy convencido de que los primeros pobladores de nuestro actual Madrid, a los que andando el tiempo los romanos denominaron carpetanos, y los árabes, mayritíes, se asentaron en esta colina de San Andrés, en la de Las Vistillas y en la de la Almudena, protegidos por su elevación y regados por las aguas del arroyo.

Pues bien, esta plaza inclinada (si estuviera situada en Barcelona o Valencia la llamaríamos “rambla”), que no era apta para jugar al futbol, ni siquiera en paralelo a la calle de Segovia porque la pérdida de la pelota no era una opción, es para mí un lugar entrañable porque en ella se entrelazan nuestras historias (la suya y la mía) a lo largo de mi vida, aunque eso sí, nuestra relación ha ido evolucionando con los años.

Durante mi niñez, mi adolescencia y parte de mi inicial madurez, mi vinculación con la Plaza estuvo ligada al hecho de que la Parroquia de San Andrés estuvo radicada en la Capilla del Obispo, cuyo título oficial es el de Capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán, al haber sido destruidas en 1936 tanto San Andrés como la Capilla de San Isidro, en los arrebatos anticlericales. El muro de separación entre la Capilla del Obispo y la Iglesia de San Andrés, levantado por la avaricia de los responsables de uno y otro lugar “sagrado”, tuvo la afortunada consecuencia de que la Capilla del Obispo se librara de la quema (también contribuyó, supongo, la ignorancia de los incendiarios a los que se les “pasó” la Capilla; bendita sea su ignorancia)

Pues bien, las primeras etapas de mi vida están indisolublemente unidas a esa Parroquia-Capilla cuyos muchos méritos tardé mucho en valorar; a los ojos de un niño y de un adolescente, resultaba más vistosa y atractiva la Iglesia de San Francisco el Grande que se colmaba hasta la escalera de fieles, los domingos para “oír” la misa de 1 (ahora decimos: de las 13). Mi vinculación con la Capilla se inicia con un evento tan temprano como mi bautizo[1], oficiado supongo por don Mariano párroco muy querido por los feligreses. De niño recuerdo, ya de forma consciente, las misas y otros diversos actos religiosos impregnados por el olor a madera vieja de sus bancos con reclinatorio y del entarimado de su suelo, notablemente más acogedor que las sillas individuales y el frio suelo pétreo de San Francisco, en el que arrodillarse era realmente un sacrificio.

No recuerdo cómo fue, pero en un determinado momento me apunté a la Acción Católica, cuyo centro de Aspirantes (no pasé de esta categoría) estaba en la primera planta, a la izquierda, del Palacio de los Vargas, cuyos méritos histórico-artísticos, también ignoraba entonces.

Allí conocí a dos sacerdotes (cuando les conocí eran seminaristas) a los que sigo agradecido: Faustino Fernández, que fue ordenado en 1960 y Lino Hernando, protagonista en 1959 de la famosa estirada que inmortalizó Ramón Masats (fue gol). Lino no pudo oficiar nuestra primera boda, pero sí los bautizos de mis dos hijas.

De nuevo en la Plaza surgen aquí y allá esos pequeños recuerdos que empiedran nuestras vidas, como el taller de Wenceslao, un tapicero excepcional, situado en el nº 18 de la Costanilla (hoy un local dedicado a la artesanía en donde predomina la cerámica) o la papelería Base, propiedad de Senén, situada en el nº16 (hoy, ¡milagro! tampoco es un bar, sino una tienda de adornos florales) donde además de avituallarme del habitual material escolar Senén me encuadernaba todo lo que coleccionaba. Recuerdo haber empezado con los tebeos de las Aventuras del FBI, con Jack Hope y sus compañeros Sam y Bill Boy, y quizás terminara con todos los números de la revista Por favor, que todavía conservo. Mi relación con la Papelería se había iniciado años antes en su anterior ubicación, en la calle de Bailén, esquina a Yeseros.

Dejo aquí los recuerdos más lejanos y doy un salto en el tiempo que introduce, además, un cambio importante cualitativo, provocado por el conocimiento y por la toma de conciencia del importante papel de la Plaza en la historia de Madrid y de los méritos arquitectónicos y artísticos de este lugar.

Ahora, me complace situarme en la parte baja de “mi rincón”, compartiendo la conocida visión de José María Avrial (1838) o la foto del Servicio Fotográfico Municipal (1930) y sentirme rodeado de historia y arte por los cuatro costados. Antes, un par de detalles: en el cuadro se puede apreciar aún el pasadizo que unía la Casa de los Lasso con San Andrés y que el Palacio de los Vargas tenía sólo dos alturas. En la foto, ya está añadido ese tercer piso, que continúa con gran acierto la estructura de la Capilla, dando a la Plaza ese sabor renacentista que es casi único en Madrid.

Vuelvo a mi ubicación de espaldas al recoleto Jardín del Príncipe de Anglona, en el que los visitantes suelen hablar bajito como si estuvieran en


la sala de espera del dentista y, en un giro de 360º, me impregno de la historia, la cultura y el arte de Madrid.

Empiezo mirando hacia el este para extasiarme con la Torre mudéjar de San Pedro, con sus campanas instaladas milagrosamente y su inclinación este-oeste, que no se puede apreciar desde este enfoque; subo la vista hacia el este para congratularme con las fachadas de estilo renacentista del Palacio de los Vargas y de la Capilla del Obispo, con su estructura de estilo gótico isabelino, y sus notables obras de arte como las escenas bíblicas de sus puertas de madera, el retablo policromado o los alabastros de Giralte, que servían de fondo incomparable a mis misas, mis sabatinas y a los demás actos píos a los que me dedicaba en mis años mozos. Y yo sin saberlo y valorarlo por aquel entonces.

Girando los ojos sólo unos pocos grados hacia el oeste aparece en mi mente el desaparecido Palacio de los Lasso de Castilla, en el que se alojaron, ni más ni menos, que los Reyes Católicos, Germana de Foix, Juana la Loca y el Cardenal Cisneros. Por cierto, que el severo Cardenal muy posiblemente estacionara “sus poderes” en la Plaza de la Paja, para exhibirlos ante aquellos nobles poco “carlistas”.

A partir de ahí, mis ojos se deslizan cuesta abajo por la Costanilla de San Andrés, hasta ver el “lotero” Colegio de San Ildefonso, la tímida calle que Madrid ha dedicado a su reconquistador o las casas en donde vivió Ruy González de Clavijo, ya casi sobre las aguas del arroyo Matrice.

Mirando hacia el norte, en la otra orilla del arroyo, encuentro la Fuente de Diana cazadora y sobre ella el muro que contiene el Huerto de las Monjas, que viene a servir de simpar pareja al Jardín del Príncipe de Anglona, cerrando así el entrañable círculo histórico-artístico de mi rincón favorito.

 



[1] Que se según yo, recuerdo perfectamente, gracias a haber oído contarlo en familia en numerosas ocasiones. Lo que mejor ”recuerdo”, es a mi padrino echando unas perrillas a los chavales que nos seguían con la conocida cantinela de: “Eche usted padrino, no se lo gaste en vino…